Tratado de los Niveles de Conjuro
- Corvidius Ra de Tauraset

- Jan 7
- 20 min read
I. Qué es un nivel de conjuro

Un nivel de conjuro es un ámbito de operación, un contexto de leyes, resistencias y respuestas; no es una cima que deba alcanzarse ni una escalera que se sube con orgullo. Cada nivel existe porque resuelve algo que los otros no pueden resolver con la misma eficacia. Pensar los niveles como un camino de ascenso glorioso es una distorsión moderna, nacida más del ego que de la práctica real.
Un mismo conjuro puede ejecutarse en distintos niveles, pero no todos los niveles son adecuados para todos los fines. La diferencia está en su pertinencia, no en la grandeza del acto. Un gran mago es quien sabe escoger el nivel correcto para cada circunstancia sin desperdiciar energía ni abrir riesgos innecesarios, no quien se jacta de operar siempre en planos altos.
Por eso insisto en separar con rigor aquello que muchos confunden. El tipo de conjuro describe la dirección del acto: si la energía se fija, se libera, se interioriza o si la consciencia se abre para ver o comprender. El nivel describe desde dónde se sostiene ese acto. No es una cuestión de técnica, sino de practicidad operativa.
La hechicería, en el plano físico, es directa, concreta y extraordinariamente eficaz para asuntos claros y delimitados, es crasso error verla como primitiva o inferior. Cuando el objetivo es pequeño, inmediato, específico, cuando se trabaja con vínculos materiales, con hábitos, con objetos, con estados cotidianos de la realidad, la hechicería es la mejor opción. Insistir en elevar un problema menor a planos superiores no es sofisticación: es torpeza operativa.
La magia etérea existe para resonar. Es el ámbito natural de lo egregórico, de lo colectivo, de la experiencia extática, del trance compartido, de la relación con los muertos y con las energías que alguna vez estuvieron vivas. Aquí se trabaja mejor aquello que no pertenece a un solo individuo, aquello que necesita comunidad, repetición, emoción sostenida o disolución parcial del yo. Intentar resolver estos asuntos desde la hechicería seca o desde el ritual formal suele producir resultados pobres o artificiales.
La magia ritual, en el plano astral, es una respuesta específica. Cuando se requiere hacer acuerdos, pactos, execraciones complejas, cuando entran en juego múltiples factores, entidades soberanas o consecuencias a largo plazo, el ritual ofrece una estructura que la hechicería y el rito no pueden sostener por sí solos. Aquí la precisión, la secuencia y el cierre son indispensables, no por jerarquía, sino por necesidad.
La ceremonia, la operación orientada al plano causal, no se realiza por ambición espiritual. Se realiza cuando se busca influir en la estructura misma de la realidad, cuando se desea marcar un punto de quiebre, un antes y un después, una transformación que excede lo probable. También se recurre a ella cuando se pretende trascender una etapa vital completa, no resolver un evento aislado. Usarla para asuntos menores es desperdiciar fuerza y exponerse innecesariamente.
La alta magia, finalmente, no es un objetivo a alcanzar, sino una frontera que solo se roza. No está hecha para resolver problemas ni para acumular logros. Aparece en momentos excepcionales de resonancia absoluta, donde la voluntad y la realidad coinciden sin intermediarios. No se elige: sucede. Y cuando sucede, no se permanece.
El plano físico tolera torpeza. El etéreo tolera confusión. El astral tolera negociación. El causal no tolera nada. El átmico no tolera ni siquiera al operador.
Comprender los niveles de conjuro es comprender dónde se está parado cuando se ejecuta un acto mágico. Muchos creen trabajar en planos elevados cuando apenas repiten formas heredadas en la materia. Otros, por el contrario, rozan niveles que no comprenden y luego atribuyen su desintegración a fuerzas externas. En ambos casos, el error no es moral ni espiritual: es topológico. Estaban operando desde un nivel que no sabían nombrar.
Todo tiene su lugar. Todo tiene su momento. El error no está en operar en un nivel u otro, sino en hacerlo por vanidad, por miedo o por imitación. La verdadera maestría no consiste en ir siempre más lejos, sino en saber hasta dónde llegar.
Este tratado habla de criterio. Porque conjurar bien es conjurar donde corresponde. Este tratado no busca empujar a nadie hacia planos superiores. Busca detener el impulso infantil de subir sin estructura. Antes de hablar de ascenso, hay que saber permanecer. Antes de tocar lo sutil, hay que dominar el peso. Antes de hablar de alta magia, hay que entender que cada nivel exige un tipo distinto de sobriedad.
A partir de aquí, no hablaré de lo que “se puede hacer”, sino de cómo se transforma un mismo conjuro al cambiar de nivel. Porque la verdadera maestría no consiste en aprender nuevos gestos, sino en reconocer cuándo un gesto deja de ser seguro y empieza a ser irreversible.
II. Condiciones mínimas para operar cada nivel
Antes de hablar de niveles como territorios diferenciados, es necesario fijar algo que debe decirse con claridad: cada nivel exige una condición interna distinta. Se trata de sino de capacidades reales del operador, de ninguna manera de permisos externos ni de iniciaciones simbólicas. Cuando estas condiciones no están presentes, el conjuro no “falla”; simplemente ocurre mal, y sus consecuencias suelen atribuirse erróneamente a fuerzas externas.
En el nivel físico, la condición es el enfoque. No la fe ciega, no la emoción exaltada, sino la capacidad de sostener una forma con precisión. La hechicería es fuego primigenio, sí, pero no es burda ni caótica. Es exacta. Aquí la palabra importa, el orden importa, el gesto importa, el material importa. La mente debe ser capaz de mantenerse estable mientras el cuerpo ejecuta. Quien no puede sostener una secuencia sin distraerse, no domina este nivel, por más libros que haya leído. En la hechicería, la atención es el músculo, y se fatiga si no se entrena.
En el nivel etéreo, esa lógica se invierte. Aquí el control rígido estorba. La condición indispensable es la gnosis y la capacidad de entrar en comunión. No se trata de imponer una voluntad clara, sino de aprender a escuchar, a permitir que lo espontáneo emerja dentro de un espacio consagrado. El operador debe saber callar internamente, reconocer cuándo una imagen no es imaginación y cuándo una emoción no es propia. Sin gnosis voluntaria, sin capacidad de entrar y salir del trance con dignidad, la magia etérea se degrada en teatro o en desborde emocional.
En el nivel astral, la condición es la forma ritual. Aquí no basta con sentir ni con enfocar: hay que estructurar. Apertura, ejecución y cierre no son formalidades heredadas, sino salvaguardas operativas. La consciencia debe ser capaz de sostener una narrativa ritual sin caer en fantasía, de dialogar sin proyectar, de pactar sin mentirse. El astral responde con claridad quirúrgica a la incoherencia interna. Quien no distingue entre deseo y acuerdo no está listo para este nivel, aunque tenga visiones brillantes.
En el nivel causal, la condición cambia de raíz. Aquí ya no se opera con nombres, imágenes ni relatos. Se opera por principios. Asociaciones planetarias, cardinales, elementales, virtudes y regencias universales reemplazan toda antropomorfización. Este no es un plano de conversación, sino de ley. No se pide: se configura. No se persuade: se alinea. El operador que busca diálogo aquí no encuentra silencio, encuentra ruptura. La consciencia debe haber aprendido a retirarse para que la estructura opere.
En el nivel átmico, finalmente, no hay técnica que baste. La única condición es el rozamiento breve y la aceptación de la disolución. Aquí la identidad no gobierna; apenas sobrevive al contacto. La voluntad, cuando aparece, es instantáneamente manifiesta, y por eso se vuelve peligrosa. El humano no está hecho para permanecer aquí, y quien intenta hacerlo confunde trascendencia con aniquilación. Este nivel no se entrena: se sobrevive.
Estas no son etapas que se “superan”. Son condiciones que se aprenden a reconocer. Un mismo mago puede operar en distintos niveles en una misma vida, incluso en una misma semana, si sabe cuál activar y cuál no tocar. El error no está en no poder operar en todos, sino en no saber cuál exige qué de ti.
Sin estas reglas, hablar de niveles es especulación.Con ellas, la práctica deja de ser aspiración y se vuelve criterio.
III. Los Niveles de Conjuro

Nivel 1 : Hechicería (plano físico)
La hechicería es el primer nivel no porque sea simple, sino porque es densa. Aquí la energía pesa, tarda, deja rastro. Nada ocurre de forma inmediata ni abstracta. Todo acto se vuelve verificable por su huella: en el objeto, en el espacio, en el cuerpo del operador, en la secuencia de consecuencias que siguen al gesto. En este nivel se aprende algo que los planos superiores ya no conceden con tanta claridad: costo, constancia y consecuencia. La materia no negocia con la fantasía. Responde solo a lo que se hace, no a lo que se desea.
En la hechicería, los procedimientos reciben el nombre de prácticas, y no por tradición, sino por necesidad. Aquí importa el orden, la repetición, la calidad de los elementos y la precisión de la forma. La energía no se canaliza por inspiración momentánea, sino por inercia egregórica. Miles de personas usando un mismo ingrediente, de una misma manera, con un mismo propósito, han depositado capas de intención que permanecen activas. No son egregores en sentido estricto, pero portan memoria. Por eso ciertos ingredientes funcionan aunque el operador no comprenda del todo por qué. La hechicería trabaja con ese sedimento acumulado.
El encantamiento físico es su forma más estable. Consiste en impregnar energía en un objeto mediante materia, orden y palabra. El objeto se vuelve reservorio y soporte de una función específica. No actúa por voluntad propia, sino por acumulación y coherencia. Pero esa misma capacidad de retener lo convierte en un cuerpo que puede saturarse. Un talismán no olvida. Absorbe uso, contacto, intención ajena. Si no se purga o se renueva, se vuelve confuso, errático o inútil. En la hechicería, la permanencia exige mantenimiento.
La evocación física, en cambio, no fija: dispone. Aquí el trabajo es más escénico que espiritual, y eso no es una crítica. Ambientar un espacio, ordenarlo simbólicamente, cargarlo de estímulos coherentes permite que una energía se manifieste sin ser forzada. No se manda, se permite. La teatralidad no es artificio vacío; es lenguaje del plano físico. El error ocurre cuando se confunde decoración con operación, cuando el peso escénico sustituye la intención real. En ese punto, la evocación se vuelve simulacro.
La invocación física es aún más delicada. En este nivel no se trata de permitir que una energía “entre”, sino de modelar conducta y psique como si ya estuviera presente. Se piensa como la deidad, se actúa como el arquetipo, se imita la forma. Esto puede ser eficaz para producir cambios reales, pero también es el terreno donde muchos confunden actuación con transformación. Repetir gestos no equivale a integrar una fuerza. Sin vigilancia interna, la invocación física degenera en máscara.
La adivinación en hechicería se realiza exclusivamente por medios densos. Objetos, patrones, señales, disposiciones materiales. Aquí no se “ve” en abstracto; se lee. El riesgo no está en el método, sino en la interpretación. Confundir una señal con un destino es el error clásico de este nivel. La hechicería informa estados, no dicta sentencias. Lo que se observa puede cambiar si se actúa distinto después.
La iluminación, cuando ocurre en este plano, no es trascendencia. Es umbral. Son estados breves de gnosis que afinan la percepción sin abandonar la materia. Comprensiones simples, a veces incómodas, que no prometen grandeza, pero corrigen rumbo. Pretender más que eso en este nivel es forzar lo que aún no corresponde.
El mayor peligro de la hechicería no es su limitación, sino la superstición. La superstición es la forma más baja de magia porque sustituye la intención por el miedo. Se repiten gestos no porque se comprendan, sino porque se teme no hacerlos. La forma se vuelve amuleto vacío, el procedimiento se fetichiza y la práctica se desconecta de la consciencia. Cuando esto ocurre, la hechicería deja de ser eficaz y comienza a encadenar al operador.
Usada con criterio, la hechicería es exacta, confiable y suficiente para una enorme cantidad de trabajos. No es un preludio de algo “mejor”. Es una respuesta adecuada a lo concreto. El error no está en permanecer aquí, sino en no reconocer cuándo este nivel es el correcto. Un mago que desprecia la hechicería rara vez domina algo más.

Nivel 2: Magia etérea (plano etéreo)
Si en la hechicería el peso recaía sobre la forma, en la magia etérea la forma comienza a ceder. Aquí se produce una inversión clara de prioridades: ya no domina la calidad egregórica de los ingredientes ni la fidelidad del procedimiento, sino la profundidad de la gnosis y la capacidad de entrar en comunión. La magia etérea no se impone; se abre. No ordena; escucha. No fija; permite que algo ocurra a través del operador y del grupo.
El rito es el nombre que recibe el conjuro en este nivel. No porque sea más solemne, sino porque es menos rígido. El rito no busca reproducirse idéntico; busca resonar. Aquí el control excesivo estorba y la espontaneidad guiada se vuelve virtud. La consciencia debe aprender a aflojar sin disolverse, a permitir sin desaparecer. La magia etérea es el arte de sostener una puerta abierta sin empujarla.
El encantamiento etéreo ya no impregna la materia como lo hacía en la hechicería. La impregnación es más vibratoria que física. El objeto no actúa tanto como reservorio estable, sino como ancla de trance, como punto de retorno. Su función no es ejecutar, sino recordar. Recordar el estado, la emoción, la apertura. Por eso estos encantamientos suelen ser menos duraderos y más sensibles al contexto: funcionan mientras la resonancia se mantiene viva.
La evocación etérea es quizá la expresión más característica de este nivel. Se trabaja con medios maleables y oraculares: agua, humo, tinta, fuego, polvo, superficies reflectantes. No para forzar una forma, sino para permitir que la manifestación ocurra si corresponde. Aquí el mayor peligro es la sobrerrepresentación simbólica. Cuando el operador rellena los silencios con imágenes aprendidas, la evocación se degrada en espectáculo. En la magia etérea, ver menos suele ser señal de mayor profundidad.
La invocación etérea introduce la dinámica grupal. La energía circula, salta, se contagia. Una manifestación puede comenzar en una persona y desplazarse a otra, o diluirse en el grupo entero. Este movimiento no es fallo ni pérdida de control: es propio del plano. Sin embargo, aquí aparece un riesgo específico. Toda invocación deja un vacío cuando se retira la fuerza que fue permitida. Si ese vacío no se reconoce y no se deja cerrar con el tiempo, se convierte en un punto vulnerable. Es entonces cuando la sombra personal o una energía egregórica oportunista ocupa el espacio. No por malicia, sino por inercia. Este es el origen de muchas posesiones mal entendidas, y el punto donde se vuelve necesaria la execración desvinculativa, que será tratada más adelante.
La adivinación etérea ya no es lectura, sino oráculo. No se razona la información; se recuerda. Las visiones, los reflejos, los símbolos emergen completos o no emergen en absoluto. El error aquí no es interpretar mal, sino interrumpir la experiencia por ansiedad de comprenderla. La magia etérea enseña que no toda información llega en forma de respuesta; a veces llega como estado.
La iluminación etérea es la gnosis en su forma más pura dentro de este plano. Acceso a información no local, comprensión súbita, recuerdos que no pertenecen a una biografía individual. No es revelación grandiosa ni verdad última. Es contacto. Breve, intenso y, si se intenta retener, frustrante. Aquí la iluminación no se posee: se atraviesa.
Dentro de este mismo régimen etéreo existen múltiples subcorrientes operativas. La necrosophia, porque los muertos pertenecen a este plano. Las prácticas sincréticas, porque trabajan con deidades egregóricas nacidas de la fusión cultural y emocional. El sendero draconiano, el trabajo qlipótico, la santería y muchas otras corrientes encuentran aquí su espacio natural. No como excepciones, sino como familias de operación que comparten el mismo principio: apertura gnóstica sostenida.
La magia etérea no es superior ni inferior a la hechicería. Es distinta. Sirve allí donde lo colectivo, lo emocional, lo extático o lo residual no pueden resolverse con materia ni con contrato. Un mago que desprecia este nivel suele quedar ciego a lo que se mueve entre las personas, entre los vivos y los muertos, entre la vigilia y el sueño. Y un mago que se pierde en él sin estructura aprende pronto que la apertura sin cierre no es libertad, sino desgaste.

Nivel 3: Magia ritual (plano astral)
En el plano astral, la magia deja de ser permeable y se vuelve formal. Aquí termina la tolerancia al caos y comienza la exigencia de estructura. La magia ritual no admite improvisación sostenida ni ambigüedad interna. Cada acto tiene peso, cada gesto deja marca, y cada omisión genera un vacío que algo más llenará. Este no es un nivel para explorar emociones ni para “ver qué pasa”. Es un nivel para decidir.
El ritual es el conjuro propio de este plano porque permite canalizar fuerzas de alta densidad sin que se dispersen ni se filtren por error. No es una secuencia estética, sino una arquitectura operativa. Apertura, ejecución y cierre no son formalidades heredadas, sino mecanismos de contención. Aquí la espontaneidad, tan valiosa en el plano etéreo, se convierte en un riesgo. El astral responde con exactitud, pero sin indulgencia.
El encantamiento ritual ya no convierte a un objeto en simple reservorio. El talismán, en este nivel, se vuelve nodo de un contrato. Porta una función acordada, delimitada y sellada. Su carga no depende de la repetición ni de la memoria acumulada, sino de la coherencia estructural del ritual que lo originó y de su cierre adecuado. Un encantamiento ritual mal cerrado no se debilita: se vuelve inestable.
La evocación ritual se caracteriza por el control. No por dominación, sino por precisión. Aquí se utilizan menos medios físicos porque la canalización es más potente. Donde antes había fuego abierto, ahora basta una vela; donde había humo denso, un incienso. El espacio completo se convierte en cuerpo ritual y responde a la secuencia establecida. No se permite que la manifestación vague. Se le da un marco, un tiempo y un límite. Fuera de eso, no ocurre nada, y eso es deliberado.
La invocación ritual es un acto solemne y contenido. Aquí se permite que la deidad o la fuerza se manifieste a través del cuerpo sin disolver la identidad del operador. Este equilibrio es crucial. La invocación ritual se sostiene sobre la noción de contrato: lo que se permite, lo que no, el tiempo de la manifestación y su retirada. Sin coherencia interna, sin claridad de límites, la invocación se vuelve peligrosa no por exceso de poder, sino por falta de forma.
La adivinación ritual no es un acto separado, sino parte orgánica del trabajo. Se consulta antes para establecer el terreno, durante para verificar la coherencia, y después para evaluar las consecuencias. Aquí la adivinación no busca sorpresa ni misterio; busca confirmación. Es una herramienta de ajuste fino, no de revelación dramática.
La iluminación ritual no se provoca directamente. Ocurre como consecuencia del trabajo bien ejecutado. Llega a la mente como un regalo, no como un trofeo. No engrandece al operador, lo corrige. Aporta comprensión precisa sobre aquello que se ha tocado, y suele venir acompañada de una sobriedad incómoda: la certeza de que algo ya no puede hacerse de la misma manera que antes.
El mundo ritual es el mundo contractual. Aquí nacen los pactos, los acuerdos y las peticiones que implican consecuencias reales a largo plazo. También es el nivel donde los errores no se diluyen con el tiempo ni se corrigen con intención posterior. Un ritual mal hecho no se olvida. Permanece activo de formas imprevistas.
Por eso este nivel exige severidad. No moral, sino técnica. El astral no castiga, pero cobra. Y cobra en exactitud. Un mago que no está dispuesto a sostener forma, límite y responsabilidad no debería operar aquí, no por prohibición externa, sino por autopreservación.

Nivel 4: Magia causal (operada desde lo astral)
El plano causal no se habita. Se roza. Y todo trabajo que lo alcanza lo hace de manera indirecta, casi siempre desde el plano astral, cuando el ritual deja de dialogar con formas y comienza a alinearse con principios. Aquí la magia abandona definitivamente la lógica del intercambio y entra en el territorio de la ley. No la ley moral, sino la ley estructural que organiza lo posible y lo imposible.
La magia causal no trabaja con presencias que negocian ni con símbolos que consuelan. Trabaja con fuerzas que operan. Deidades primigenias, potencias impersonales, regencias planetarias, direcciones cardinales, virtudes universales, tensiones elementales: nada de esto responde al lenguaje humano. No escuchan peticiones. No aceptan nombres como llamada. Solo reconocen configuración. Cuando el alineamiento es correcto, el efecto ocurre. Cuando no lo es, no hay advertencia previa.
Por eso el conjuro propio de este nivel es la ceremonia. No como hechizo amplificado ni como ritual más elaborado, sino como estructura viva. La ceremonia no empuja la realidad: la reorganiza. Marca un antes y un después. No se repite sin consecuencias. No se corrige una vez ejecutada. Toda ceremonia auténtica es, en algún grado, irreversible.
El encantamiento causal ya no consiste en cargar un objeto, porque la materia apenas soporta lo que aquí se ancla. Lo que se fija no es energía en bruto, sino un principio: una cualidad planetaria, una dirección cardinal, una virtud, una ley elemental. El soporte no ejecuta; sostiene. Y sostiene solo mientras no colapse. Por eso estos encantamientos son raros, delicados y profundamente exigentes. El error aquí no desgasta el objeto: lo vuelve incompatible.
La evocación causal no busca presencia. No hay nada que “aparezca”. Lo que ocurre es un reajuste del orden. Algo se desplaza en la estructura de la realidad, aunque nadie lo vea. El efecto puede tardar en manifestarse en planos inferiores, pero cuando lo hace, lo hace con la fuerza de lo inevitable. Aquí el error no confunde ni engaña: rompe. Rompe trayectorias, rompe equilibrios, rompe narrativas de vida.
La invocación causal es quizá el acto más peligroso de este nivel. El operador no invita a una fuerza a entrar; se convierte en umbral. Pero aquí no hay trato posible. Si se busca diálogo donde solo hay ley, el marco humano se desintegra. No por castigo, sino por incompatibilidad. El cuerpo, la psique y la identidad no están diseñados para alojar principios absolutos. Por eso este tipo de invocación es excepcional y jamás debe confundirse con una práctica repetible.
La adivinación causal no observa eventos ni futuros posibles. Lee arquitecturas. Permite ver cómo una causa organiza múltiples efectos, cómo un principio atraviesa distintas capas de la realidad y produce consecuencias en cadena. Aquí no se pregunta “qué pasará”, sino “qué sostiene esto que ocurre”. Es una visión fría, despojada de drama, y por eso difícil de aceptar para muchos.
La iluminación causal tampoco sirve para resolver problemas cotidianos. Es comprensión trascendental. Ver el esqueleto invisible de una situación, de una vida o de un ciclo completo. No aporta consuelo ni dirección inmediata. Aporta certeza. Y esa certeza suele exigir renuncias profundas.
La magia causal no es para uso frecuente ni para curiosidad espiritual. Se recurre a ella cuando lo que está en juego excede lo personal, cuando se busca transformar una trayectoria vital completa o sellar un punto de no retorno. Operar aquí sin necesidad no es valentía: es imprudencia.

Nivel 5: Magia átmica (alta magia)
El plano átmico es el origen al que, en ocasiones excepcionales, la consciencia roza sin poder permanecer, es un error de ego verlo como un destino al que se asciende o una cima que se conquista. Aquí no hay sendero, método ni permanencia posible. El mago se disuelve en un instante, y ocurre lo que en otros niveles requiere forma, tiempo y mediación.
La magia átmica acontece más que prestarse a ser operada, ya que no responde a ritual, rito, práctica o ceremonia. Surge en estados singulares de resonancia absoluta, cuando la separación entre voluntad y realidad colapsa. En este plano, la distancia entre pensamiento y acto se anula. Lo que se concibe, se manifiesta. Y por eso mismo es peligrosa.
Todos los tipos de conjuro existen aquí, pero ninguno puede distinguirse. Encantar, evocar, invocar, adivinar, iluminar: todo se funde en un solo hecho indivisible. No hay dirección, porque no hay desplazamiento. No hay acceso a información, porque no hay observador separado de lo observado. No hay intervención, porque no hay exterior. La magia átmica es unidad en acto.
En este nivel la técnica es irrelevante. No porque carezca de valor, sino porque ya no hay estructura que la sostenga. El único requisito es la pureza de foco, o su opuesto radical: la rendición absoluta. Cualquier residuo de deseo, miedo o identidad introduce ruido, y el ruido aquí no falla: se materializa. Por eso el humano no está hecho para permanecer en este plano. Su mente no está diseñada para tolerar una voluntad sin filtro.
La magia átmica no resuelve problemas, no concede poder, no otorga control. Transforma sin intención consciente, y esa transformación suele manifestarse después, en planos inferiores, como una reorganización profunda de la vida. Quien ha tocado este nivel no vuelve con técnicas nuevas, sino con una certeza silenciosa que ya no permite ciertas ilusiones.
IV. Los execrativos a través de los cinco niveles
Los conjuros execrativos no constituyen un tipo aislado de magia, sino una intención transversal que atraviesa todos los niveles. Execrar no es una técnica específica; es una dirección del acto: operar contra, o al margen, de la voluntad del querellante. Lo que cambia de un nivel a otro no es la naturaleza de la execración, sino el arma con la que se ejecuta y la profundidad de la herida que deja.
En el plano físico, la execración se apoya en el vínculo material y la repetición. Aquí se ata, se separa, se construye o se destruye mediante objetos, sustancias, palabras reiteradas y gestos insistentes. El daño no suele ser inmediato, pero es persistente. Se infiltra en la vida cotidiana, se vuelve hábito, se normaliza. La materia recuerda, y esa memoria sostenida por la repetición es el filo principal de la execración física.
En el plano etéreo, la execración deja de ser acumulativa y se vuelve contagiosa. Opera por gnosis, por emoción compartida, por residuos psíquicos que no fueron cerrados. Aquí el daño no se fija en objetos, sino en estados. Se induce miedo, culpa, confusión, dependencia. Lo execrativo etéreo se propaga como una vibración mal resuelta que salta entre personas y espacios. No necesita fuerza constante: necesita apertura. Por eso es tan común que se oculte bajo experiencias extáticas mal contenidas.
En el plano astral, la execración adopta su forma más reconocible: el contrato. Aquí se ata por cláusula, se separa por ruptura formal, se destruye por anulación de acuerdos previos. La execración astral no es difusa; es precisa. Cada término importa. Cada omisión también. El daño no se desliza: se ejecuta. Y lo que se ejecuta en este nivel permanece activo mientras el contrato siga vigente, aunque nadie recuerde haberlo firmado.
En el plano causal, la execración ya no actúa sobre personas o situaciones concretas, sino sobre principios. Aquí no se destruye un vínculo; se desmantela la ley que lo sostenía. No se induce una enfermedad; se altera la coherencia que permitía la salud. Es una operación rara y peligrosa, porque no hay forma de limitar su alcance una vez activada. La execración causal no castiga: reconfigura. Y lo que se reconfigura rara vez vuelve a su estado anterior.
En el plano átmico, hablar de execración es casi una imprecisión. Aquí no hay ataque ni defensa. Hay anulación por disolución. Todo lo que es tocado pierde forma. No se destruye algo específico; se retira la posibilidad misma de que continúe existiendo como antes. Por eso este nivel no admite voluntad dirigida en sentido humano. La execración átmica no se ejecuta: ocurre cuando la identidad que sostenía algo deja de ser.
Dentro de este recorrido, el exorcismo encuentra su definición real. No como espectáculo ni como combate dramático, sino como lo que siempre ha sido: una execración desvinculativa. Exorcizar es cortar un vínculo que ya no debe sostenerse, negar operativamente una presencia interna o externa y permitir que la estructura original se restablezca. No implica violencia innecesaria ni autoridad moral, sino soberanía. Todo ser humano posee la capacidad de desterrar aquello que no le pertenece, cuando comprende el nivel en el que ese vínculo opera.
En la práctica será necesario detenerse en este punto con mayor detalle, porque no todo vínculo se corta del mismo modo, ni todo exorcismo puede ejecutarse desde cualquier plano. Adelantarlo aquí es suficiente para fijar la idea central: la execración no es una aberración del arte mágico, sino una de sus funciones más antiguas. Negarla no la desactiva. Comprenderla, en cambio, permite defenderse, cerrar y, cuando es necesario, limpiar sin excederse.
Éste artículo busca desalentar el uso indiscriminado de lo execrativo. Invita a reconocer que toda magia capaz de construir también puede deshacer, y que la diferencia entre cirugía y mutilación no está en la herramienta, sino en el nivel desde el cual se corta y en la lucidez de quien sostiene el filo.
V. Acerca de dominar los cinco niveles
Este tratado fue escrito para servir de brújula, no para enseñar trucos ni para multiplicar gestos. No pretende convertir al lector en operador inmediato, ni ofrecer atajos hacia planos que aún no han sido comprendidos. Su propósito es más sobrio y más exigente: Mostrar el camino. Nombrar con precisión el régimen en el que se está trabajando antes de tocar energía. Porque el mayor error del mago no es fallar un conjuro, sino no saber desde dónde lo está ejecutando.
Dominar los niveles no es un punto de partida, sino una etapa posterior del sendero a la que se accede sin buscarla, un efecto colateral del aprendizaje mismo. Antes de eso, es necesario aprender a reconocer el propio alcance, a distinguir entre impulso y capacidad, entre curiosidad y preparación. Un mismo acto puede ser seguro en un nivel y una pérdida de tiempo en otro. Sin esta comprensión, la práctica se vuelve errática, y el operador comienza a atribuir sus propios desbordes a fuerzas externas, iniciando el camino del delirio mágico.
Por eso, el siguiente paso no es aprender nuevos conjuros, sino aprender a entrenar el desplazamiento entre niveles. Saber cuándo permanecer en la hechicería, cuándo abrir el rito, cuándo estructurar el ritual, cuándo abstenerse de tocar lo causal, y cuándo aceptar que algo no debe ser intervenido. Este entrenamiento no ocurre de golpe. Se mide en estabilidad, en claridad posterior al acto, en la capacidad de cerrar sin dejar residuos.
La tradición que sostenemos insiste en una ética técnica simple y antigua: registrar lo ocurrido, evaluar mediante adivinación lo que se ha puesto en movimiento y respetar los ciclos antes de reiterar actos inusuales. La repetición apresurada es uno de los caminos más cortos hacia la distorsión. La magia no se domina por insistencia, sino por lectura atenta de sus respuestas.
El ascenso, si ocurre, no se fuerza. Se reconoce por señales de madurez: menor necesidad de demostrar, mayor capacidad de detenerse, mayor sobriedad frente a experiencias intensas. Cuando estas señales no están presentes, avanzar no es progreso; es huida.
Este tratado cierra aquí no porque el conocimiento se agote, sino porque el terreno ya ha sido marcado. Lo que sigue no se aprende leyendo, sino practicando con criterio. En la próxima entrega hablaremos de cómo se entrena esa transición, cómo se detectan los límites reales del operador y cómo se evita confundir expansión de consciencia con pérdida de eje.



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