Tratado de los Tipos de Conjuro
- Corvidius Ra de Tauraset

- Jan 6
- 18 min read
Este tratado pretende fijar un eje. Quien lo lea no debería sentirse más poderoso, sino más responsable. Porque conjurar es un acto total. Atraviesa planos, compromete identidades y deja marcas que no siempre se borran. Quien comprende esto ya no conjura por curiosidad, ni por hambre, ni por juego. Conjura solo cuando está dispuesto a sostener aquello que ha puesto en movimiento.
El verdadero dominio no consiste en hacer más, ni en acceder a planos más altos por vanidad espiritual. Consiste en saber, con precisión absoluta, qué tipo de conjuro se está ejecutando y desde qué plano se está sosteniendo la voluntad. Esa claridad es la diferencia entre operar y ser operado. Entre intervenir y ser arrastrado. Entre usar la magia como herramienta y convertirse en su residuo.
La magia tampoco perdona la ignorancia técnica. No distingue entre intención noble y torpeza peligrosa. El universo no corrige errores por compasión. Cuando se opera sin saber qué se está moviendo, desde dónde, y con qué herramientas, el resultado no es aprendizaje automático, sino desgaste, confusión o ruptura. El conocimiento aquí no es ornamento intelectual: es protección estructural.
Todo conjuro deja huella. Aunque no se vea de inmediato, aunque no se manifieste como se esperaba, aunque nadie más lo perciba. La energía movida no desaparece; se redistribuye. El plano intervenido recuerda. El operador cambia. Incluso los conjuros que parecen fallar modifican algo en quien los intenta. La magia no es un sistema de premios y castigos; es un sistema de consecuencias acumulativas basadas en probabilidad, gnosis, sublimación de intención, vínculos energéticos y creencia absoluta en uno mismo.
Aquí voy a recorrer los tipos, las distinciones y los planos; la premisa base es:
No existen conjuros menores. Existen operadores inmaduros, inseguros o inconscientes de lo que están haciendo. Un gesto trivial, ejecutado sin comprensión, puede causar más daño que una operación compleja llevada con rigor. La magnitud del conjuro no la determina su forma externa, sino el nivel desde el cual se ejecuta y la claridad del mago que lo sostiene.
Qué es un conjuro
Hablar de conjuros exige, antes que nada, despojar a la palabra de su uso superficial. No empleo el término para referirme a gestos teatrales ni a fórmulas repetidas sin comprensión. Cuando digo conjuro, hablo del acto fundamental de la magia. Todo acto mágico, sin excepción, es un conjuro, porque todo acto mágico es una intervención deliberada entre la consciencia y aquello que no le pertenece del todo. No existe magia pasiva. No existe magia inocente. Existe únicamente el momento en que algo es puesto en movimiento por voluntad.
Un conjuro es un acto de mediación. El mago no crea desde la nada ni ordena desde un trono inexistente. Se sitúa en el punto exacto donde la consciencia humana, la energía disponible y el plano en el que se opera se encuentran y se afectan mutuamente. Allí, en ese cruce inestable, ocurre el conjuro. No es la palabra la que obra, ni el objeto, ni la entidad, sino la articulación precisa entre estos elementos bajo una intención sostenida. Cuando uno de ellos falta o se confunde, el acto no fracasa: se desborda.
Por eso es indispensable distinguir lo que muchos mezclan sin cuidado. La intención no es energía. Es dirección. Es el vector que orienta el movimiento, pero no lo ejecuta. La energía es la sustancia del acto, aquello que se desplaza, se fija, se libera o se transforma. La forma operativa es el modo concreto en que esa energía se mueve: el gesto, el rito, el símbolo, el tiempo, el plano. Confundir intención con energía conduce a la frustración; confundir energía con forma conduce al accidente. He visto a muchos desear con fervor sin mover nada, y a otros mover fuerzas reales sin saber hacia dónde.
No todo conjuro implica entidades. Esta afirmación incomoda a quienes necesitan imaginar presencias en cada acto para sentirse validados. Hechizar un objeto, cargar un espacio, alterar un estado interno o abrir una vía de percepción no requiere necesariamente una voluntad externa. Pero todo conjuro, incluso el más simple, implica responsabilidad. Porque toda energía puesta en movimiento deja rastro. Porque todo acto de mediación altera un equilibrio previo, aunque el operador no lo perciba de inmediato.
Este tratado no nace para embellecer la práctica ni para hacerla más accesible. Nace para volverla precisa. Para que quien lea comprenda que conjurar no es pedir, ni jugar, ni improvisar, sino asumir el peso de intervenir en una estructura viva. Antes de clasificar los conjuros, antes de nombrar sus tipos y sus riesgos, era necesario fijar esto con claridad: cuando conjuras, algo responde. Y cuando algo responde, tú también quedas implicado.
La energía como materia del conjuro
Cuando hablo de conjuro, no hablo de palabras ni de gestos vacíos, sino de energía en movimiento. La energía es la materia prima de toda operación mágica, y sin embargo es también el concepto más maltratado por quienes practican sin rigor. Se la menciona como si fuera una sustancia única, indiferenciada, intercambiable. No lo es. Nunca lo ha sido. Tratar toda energía como si fuera lo mismo es el primer error grave del aprendiz y, con frecuencia, el último del imprudente.
He trabajado con energía que nace del propio cuerpo y he visto cómo se agota al operador cuando se la usa sin medida. La energía vital propia es inmediata, accesible, íntima, pero también finita. Extraerla sin saber reponerla deja grietas que no siempre se cierran solas. He visto también el uso de energía vital de terceros, consciente o inconscientemente tomada, cedida por devoción, por vínculo, por ignorancia o por manipulación. Esa energía siempre arrastra algo del otro: su carga emocional, su historia, su sombra. Nunca es limpia. Nunca es neutra.
Muchos confunden intención con energía. La intención no mueve nada por sí sola. Es una forma de consciencia orientada, una flecha sin fuerza propia si no hay algo que empujar. Puede dirigir la energía vital, puede modular una corriente egregórica, puede abrir o cerrar un paso, pero no sustituye la sustancia del acto. Desear no es conjurar. Visualizar no es operar. La intención es necesaria, pero jamás suficiente.
Existen energías que reposan en objetos físicos, no como metáfora, sino como acumulación real. Todo objeto que ha sido tocado, usado, venerado o temido guarda memoria. Algunos materiales la retienen mejor que otros; algunos la deforman; algunos la devuelven amplificada. Trabajar con objetos es trabajar con tiempo condensado. Quien no lo comprende, carga amuletos como adornos y luego se pregunta por qué pesan.
También están las energías egregóricas y colectivas, quizá las más subestimadas y las más peligrosas. Son fuerzas nacidas de la repetición, de la creencia compartida, de la emoción sostenida por muchos. No pertenecen a nadie en particular, pero influyen sobre todos los que entran en su campo. Invocar una corriente egregórica es apoyarse en un río que ya corre, pero también aceptar que no se controla su cauce. He visto magos ser arrastrados por aquello que creían usar.
Finalmente están las energías que son entidades, no como metáfora poética, sino como voluntades diferenciadas. Aquí la energía no solo se mueve: decide. No responde como una herramienta ni se agota como un recurso. Interactúa. Acepta o rechaza. Colabora o resiste. Tratar una entidad como si fuera energía inerte es una falta grave de comprensión, y suele pagarse con confusión, desgaste o ruptura interna.
Por todo esto, distingo siempre entre energías conscientes, semicónscientes y no conscientes. La energía no consciente responde a leyes y estímulos, pero no interpreta. La semicónsciente reacciona, aprende patrones simples, se adapta durante un tiempo. La consciente observa, evalúa y actúa desde criterios que no siempre coinciden con los humanos. Pretender operar todas de la misma manera es como hablarle al fuego, negociar con una piedra y usar una mente como combustible.
Antes de clasificar los conjuros, antes de nombrar sus formas, era necesario decir esto con claridad: el trabajo mágico no consiste en “hacer cosas”, sino en saber qué se está moviendo, desde dónde, y a qué costo. Sin esta comprensión, toda clasificación posterior es solo lenguaje hueco. Con ella, el conjuro deja de ser un gesto y se convierte en un acto real.
Los tres conjuros operativos clásicos

Cuando comencé a observar la magia sin romanticismo, comprendí que la mayoría de los actos que los magos realizan pueden reducirse a tres gestos fundamentales. No por simples, sino por primarios. Tres maneras distintas de mover la energía, tres direcciones posibles de su tránsito. Todo lo demás no es sino variación, refinamiento o exceso. A estos gestos los llamo conjuros operativos, porque trabajan directamente con la sustancia energética del mundo.
El primero es el encantamiento. Encantar es más que adornar y bendecir superficialmente un objeto; es impregnarlo. Un encantamiento ocurre cuando la energía se fija dentro de una forma material y queda allí contenida, latente, disponible. El objeto se convierte en reservorio, pero también en ancla y en vector. Ancla, porque fija una intención en el tiempo; vector, porque proyecta su influencia hacia aquello con lo que entra en contacto. Un objeto encantado no actúa por voluntad propia: actúa por acumulación. Cada uso lo desgasta, cada interacción lo altera, y si no se purga o se renueva, hereda capas de energía ajena que deforman su función original. He visto talismanes volverse inútiles no por falta de poder, sino por exceso de memoria. La saturación es real. La contaminación simbólica también. Un objeto encantado no olvida.
El segundo gesto es la evocación. Evocar no es mandar ni traer por la fuerza; es abrir. Cuando evoco, libero una energía en un espacio o en el plano físico en general y permito que se manifieste según su naturaleza. La evocación auténtica no consiste en imponer una forma, sino en preparar un campo. El espacio mismo se vuelve cuerpo ritual: las paredes, el suelo, el aire participan como órganos temporales de la operación. Aquí muchos cometen el error de creer que evocar es llamar, como si se gritara un nombre al vacío esperando obediencia. No es así. Llamar presupone control. Evocar es permitir. Se abre una vía, se establece una coherencia, y lo que corresponde a esa apertura puede o no manifestarse. La diferencia es sutil, pero absoluta. Quien no la entiende, cree evocar cuando en realidad solo agita el aire.
El tercer gesto es la invocación, y es el más delicado de los tres. Invocar es permitir que una energía se manifieste en una persona. No alrededor, no frente a ella, sino a través de su cuerpo y su psique. El cuerpo se convierte en templo, y la mente en umbral. Esto no es metáfora. La energía invocada ocupa espacio interno, altera ritmos, desplaza contenidos, reorganiza impulsos. Una invocación bien llevada integra; una mal llevada disuelve. El límite entre ambas no siempre es evidente desde dentro. He visto magos confundir expansión con pérdida, y entrega con abandono. El yo no desaparece sin costo. Cuando se cruza ese umbral sin preparación, lo que queda no es iluminación, sino vacío.
Estos tres conjuros son direcciones de trabajo. Encantar fija. Evocar despliega. Invocar interioriza. Comprender sus fronteras es indispensable, porque el error aquí es operativo. Esta tríada no admite confusión. Sobre ella se construye todo el edificio posterior de la magia. Sin ella clara, cualquier sofisticación es solo una forma elegante de perderse.
Refinamientos de la evocación
Durante mucho tiempo observé cómo la palabra evocación era utilizada para designar actos profundamente distintos entre sí, como si toda energía que responde a una apertura lo hiciera del mismo modo. Nada más lejos de la realidad. Evocar no es un gesto uniforme. Depende, de manera crítica, de qué se permite manifestarse. No distinguir esto ha llevado a muchos a tratar fuerzas vivas como herramientas, y a otros a reducir presencias soberanas a caricaturas rituales.
Existen energías semicónscientes que responden con relativa docilidad a la evocación. Familiares, servidores, fetiches, sigilos activados, elementales: todas estas formas son energías vivas, pero no soberanas. No poseen un eje ontológico propio independiente del operador o del sistema que las sostiene. Aprenden patrones simples, ejecutan funciones, mantienen una coherencia limitada en el tiempo. Su relación con el mago es funcional y, por naturaleza, temporal. Se crean, se despiertan, se mantienen y, llegado el momento, se disuelven o se retiran. Cuando esto no ocurre, cuando el operador se aferra o descuida su cierre, estas energías comienzan a degradarse, a comportarse de forma errática, a alimentarse de lo que encuentran. No porque sean malignas, sino porque siguen existiendo sin propósito claro.
Muy distinta es la evocación de una deidad. Aquí no se trabaja con algo que se sostiene por la atención del mago, sino con una presencia que existe antes y después de cualquier operación. Evocar una deidad no es traerla, ni mucho menos crearla. Es permitir que se manifieste en el plano físico bajo condiciones específicas. Para ello se utilizan medios maleables: fuego que ondula, humo que toma forma, líquidos que reflejan, sombras que vibran. No porque la deidad necesite un cuerpo, sino porque el plano físico requiere interfaces para percibir aquello que no le pertenece del todo.
Es crucial comprender la diferencia entre manifestación y encarnación. En la evocación de deidades no hay posesión ni ingreso total. La deidad no ocupa un cuerpo humano ni se instala de manera permanente en la materia. Se asoma, se proyecta, interactúa a través de un medio. Confundir esto conduce a expectativas falsas y, peor aún, a forzar estados que no corresponden a este tipo de conjuro.
Uno de los riesgos más frecuentes en este trabajo es la sobrerrepresentación simbólica. El mago, al no percibir con claridad, comienza a rellenar los vacíos con imágenes aprendidas, mitologías repetidas, gestos heredados sin comprensión. La deidad queda entonces sepultada bajo una máscara teatral que no le pertenece. En ese punto ya no se está evocando una presencia soberana, sino dialogando con un egregor o con la propia imaginación ritualizada.
Por eso insisto en este refinamiento. No toda evocación convoca lo mismo, ni todo lo que responde debe ser tratado con el mismo lenguaje. Servidores y deidades no ocupan el mismo estrato, no demandan la misma actitud ni dejan las mismas consecuencias. Confundirlos no es un error teórico: es una falta de discernimiento operativo que, tarde o temprano, se paga.
Refinamientos de la invocación
La invocación es el conjuro más malinterpretado y, por ello, el más temido. No porque sea intrínsecamente peligroso, sino porque ocurre dentro. No deja marcas visibles en objetos ni huellas claras en el espacio. Sus efectos se inscriben en la psique, en la identidad, en la manera en que una persona se percibe a sí misma. Por eso exige una precisión que pocos están dispuestos a sostener.
No toda invocación implica deidades. La mayoría de las invocaciones que los humanos realizan a lo largo de su vida no son deitarias, aunque rara vez se las reconozca como tales. Invocar una idea es permitir que estructure el pensamiento. Invocar una actitud es dejar que reorganice la conducta. Invocar un arquetipo es adoptar un patrón profundo que reordena impulsos, valores y reacciones. Incluso la invocación de versiones paralelas de uno mismo es una práctica común, aunque pocos la nombren como lo que es. En estos casos, la diferencia crucial está en el grado de integración. Una integración parcial permite acceder a cualidades sin perder continuidad identitaria. Una integración total, sostenida sin límites, disuelve la referencia del yo y abre grietas difíciles de cerrar.
Cuando la invocación involucra deidades, el terreno cambia por completo. Una invocación voluntaria ocurre cuando el mago abre deliberadamente el espacio interno, con preparación, intención clara y capacidad de cierre. Una invocación involuntaria ocurre cuando la apertura se produce sin comprensión, por exceso emocional, trauma, devoción ciega o prácticas mal entendidas. En ambos casos, la deidad no permanece. Su manifestación interna es transitoria. Entra, actúa, reordena, y se retira. El problema no es la entrada, sino lo que queda después.
Toda invocación deja un vacío. No un vacío simbólico, sino un espacio real en la estructura interna de la persona. Ese espacio existe porque algo fue desplazado para permitir la manifestación. Cuando el operador comprende esto, permite que el vacío se cierre con el tiempo, que la psique recupere su forma, que la identidad se reacomode. Cuando no lo comprende, cuando el miedo o la ignorancia intervienen, ese vacío se vuelve insoportable y busca llenarse de cualquier manera.
Es allí donde nace lo que llamamos posesión. No como un acto demoníaco externo, sino como una invocación mal llevada. En la mayoría de los casos, no es la deidad la que permanece. La deidad ya se ha retirado. Lo que ocupa el espacio es otra cosa: la sombra personal, amplificada y descontrolada, o una energía egregórica oportunista que responde al desorden interno. La persona, al no tolerar el vacío, lo rellena con miedo, culpa, ideas obsesivas, emociones degradadas. El trauma no es castigo ni señal moral: es consecuencia mágica.
Por eso insisto en algo que muchos prefieren ignorar. Todo ser humano tiene la potestad absoluta de desterrar lo que sea que habite en su interior. No por jerarquía espiritual, sino por soberanía ontológica. Ninguna energía, ninguna entidad, ningún egregor tiene derecho a permanecer donde no es sostenido. Cuando esta potestad no se ejerce, no es por imposibilidad, sino por desconocimiento o por terror a asumirla.
El acto mediante el cual se expulsa una presencia interna no deseada recibe un nombre antiguo: exorcismo. No lo entiendo como espectáculo ni como combate teatral, sino como lo que realmente es: una execración desvinculativa. Un corte. Una negación operativa del vínculo que se había establecido. Más adelante definiré con precisión este tipo de conjuros y sus implicaciones, pero era necesario mencionarlo aquí para trazar una línea clara.
La invocación, bien comprendida, es una herramienta de autotransformación profunda. Mal entendida, se convierte en una fractura identitaria. Entre ambas no hay diferencia moral, sino técnica. Y en magia, la técnica no es un detalle: es la frontera entre el trabajo interior y el colapso del yo.
Los conjuros de acceso a información

No todo conjuro mueve energía hacia afuera ni la fija en un soporte. Existen actos mágicos cuya operación principal ocurre en la consciencia misma del mago. No transforman directamente el mundo; transforman el campo de percepción desde el cual el mundo es leído. Estos conjuros no buscan producir un efecto inmediato, sino acceder a información que, sin la alteración deliberada de la consciencia, permanecería inaccesible. Son los más sutiles y, paradójicamente, los más abusados.
La adivinación pertenece a este dominio. Adivinar no es predecir, ni imponer una narrativa sobre lo que vendrá. Es observar aquello que no se encuentra en el aquí y ahora inmediato. El acceso puede dirigirse al pasado, no como recuerdo personal, sino como registro energético; al presente no local, aquello que ocurre simultáneamente en otros puntos del espacio; al futuro, entendido no como una línea fija, sino como un abanico de probabilidades; a líneas temporales paralelas donde decisiones distintas generan desarrollos alternos; incluso a universos paralelos cuya lógica no coincide con el nuestro. Todo esto es posible, pero nada de ello es definitivo.
El error más común en la adivinación es confundir visión con destino. Lo que se observa no es una sentencia, sino una lectura de estado. El mago que toma una visión como inevitable se convierte en su propio verdugo. La adivinación no obliga; informa. No encadena; advierte. Cuando se utiliza correctamente, amplía el margen de acción. Cuando se absolutiza, lo reduce hasta volverlo asfixiante. He visto más vidas condicionadas por malas lecturas que por eventos reales.
La iluminación opera en un estrato distinto. No se orienta a eventos, sino a conocimiento. Es el conjuro mediante el cual la consciencia se expande para acceder a información oculta, a planos metafísicos superiores o a comprensiones que no pueden reducirse a utilidad inmediata. La iluminación no responde a la pregunta “¿qué va a pasar?”, sino a “¿qué es esto realmente?”. No entrega herramientas prácticas en el corto plazo. Entrega desestabilizaciones profundas.
Aquí también hay un error frecuente: confundir iluminación con revelación egótica. No todo lo que se siente intenso, vasto o extraordinario es verdadero conocimiento. La revelación egótica infla la identidad, crea narrativas de elección especial, de misión grandiosa, de superioridad espiritual. La iluminación auténtica hace lo contrario: reduce la importancia del yo, vuelve irrelevante la necesidad de validación y desplaza el centro de gravedad de la persona hacia algo más amplio y menos cómodo.
Por eso digo que estos conjuros no son benignos por ser internos. Ver no es comprender, y comprender no es dominar. La información, cuando no está integrada, se convierte en carga. La consciencia ampliada sin estructura conduce al delirio. Separar observación de intervención, visión de destino, iluminación de fantasía, es una disciplina que no se aprende en libros, sino en la sobriedad con la que uno regresa de lo que ha visto.
Estos conjuros no cambian el mundo directamente, pero cambian al mago de forma irreversible. Y un mago cambiado altera el mundo sin tocarlo. Esa es su verdadera potencia, y también su mayor riesgo.
Las Execraciones

Existen conjuros que no buscan cooperación, ni apertura, ni alineación. Actúan en contra, o al margen, de la voluntad del querellante. A estos los llamo execrativos, no por juicio moral, sino por su naturaleza operativa. Son actos de imposición. No preguntan. No negocian. No esperan consentimiento. Intervienen donde la otra parte no ha abierto la puerta.
Conviene decirlo sin rodeos: estos conjuros existen, se practican y funcionan. Negarlos por razones éticas no los desactiva; solo deja indefenso al que se rehúsa a comprenderlos. La magia no se vuelve pura por ignorar sus zonas oscuras. Se vuelve peligrosa.
Un conjuro execrativo siempre altera un vínculo, incluso cuando pretende crearlo. En los vinculativos, la energía se usa para atar. Personas a personas, personas a deidades, personas a propósitos, a condenas, a circunstancias específicas. Se fuerzan caminos, se fijan estados, se implantan enfermedades como estructuras energéticas persistentes. El amarre no es romanticismo ritual; es una reescritura violenta de la dirección vital de otro. Funciona porque la energía responde a la coherencia del acto, no a su justicia.
En los desvinculativos ocurre lo opuesto, pero no es menos intrusivo. Se separa lo que estaba unido: vínculos afectivos, relaciones con lugares, creencias arraigadas, incluso identidades completas. Estos conjuros no destruyen; arrancan. Dejan un vacío que, si no es comprendido, puede ser tan devastador como una atadura. Separar sin reconfigurar es una forma refinada de daño.
Los execrativos constructivos suelen confundirse con magia defensiva, y a veces lo son. Aquí se construyen valladares, obstáculos, pantallas, estructuras de protección que impiden el acceso o el avance de otros. Pero también se construyen cosas menos evidentes: miedos, paranoias, repudios, enfermedades psicosomáticas, paradigmas restrictivos. Se levantan caminos falsos, se inducen atracciones que desvían, se modela la experiencia vital de otro desde fuera. Construir no siempre es crear algo sano. A veces es edificar una prisión invisible.
Los destructivos son los más directos y los menos perdonados por la narrativa moral, pero no por ello los menos usados. Aquí se busca la disolución: de pensamientos, de emociones, de oportunidades, de vínculos mágicos, de capacidades, de defensas. Se cierran caminos, se rompe la solidez interna, se ataca la sexualidad, la estabilidad, incluso la vida misma. No siempre se apunta al cuerpo. A veces se destruye lo que permite que el cuerpo siga teniendo sentido.
Quien ejecuta estos conjuros suele creer que el problema es ético. No lo es. El problema es consecuencial. La técnica funciona, pero la energía no desaparece tras el acto. Todo conjuro execrativo establece una relación, incluso cuando pretende negarla. Lo que se impone exige sostén. Lo que se destruye deja residuos. Lo que se ata reclama mantenimiento. La magia no distingue entre agresión y defensa al momento de cobrar.
Por eso afirmo algo que incomoda tanto a idealistas como a cínicos: la ética no elimina la técnica, pero la técnica no elimina la consecuencia. No existe conjuro sin precio. Algunos se pagan en el objetivo. Otros, inevitablemente, en el operador. Comprender los conjuros execrativos no es una invitación a usarlos, sino una obligación para quien pretende caminar armado en un mundo donde otros no renuncian a ellos.
Conjuros y planos metafísicos
A menudo se intenta clasificar los conjuros según el plano en el que se ejecutan, como si el plano definiera por sí mismo la naturaleza del acto. Esta separación, aunque común, es imprecisa. En Tauraset no hablamos de conjuros “astrales” como una categoría aislada, porque el plano no define el conjuro; lo atraviesa. El mismo tipo de conjuro puede ejecutarse en distintos niveles de realidad, y su efecto, riesgo y alcance dependerán del plano desde el cual se opere, no de una etiqueta superficial.
Por eso distingo con claridad entre tipos de conjuro y niveles de conjuro. El tipo describe qué se está haciendo. El nivel describe desde dónde se está haciendo. Confundir ambos conduce a errores graves: se cree estar ejecutando alta magia cuando apenas se repite hechicería simbólica, o se intenta operar en planos superiores con herramientas diseñadas para la materia.
En el plano físico, el conjuro adopta la forma de la hechicería. Aquí la energía se mueve a través de objetos, sustancias, gestos y repeticiones. La materia es densa, responde lentamente, pero deja huella. Todo acto aquí exige contacto, tiempo y mantenimiento. Es el plano del vínculo tangible, donde la magia se fija y se desgasta.
Cuando el trabajo se desplaza al plano etéreo, el conjuro se convierte en rito. Aquí ya no se trata solo de hacer, sino de entrar en estado. La gnosis es el verdadero instrumento. El rito chamánico, como se le ha llamado, no opera por acumulación material, sino por resonancia. El operador cruza el umbral del desdoblamiento y actúa desde una consciencia ampliada que afecta tanto al espacio como a sí mismo.
En el plano astral, el conjuro se manifiesta como ritual. No como secuencia externa, sino como arquitectura completa de intención, acto y percepción. Aquí ocurre la invocación consciente, la interacción con deidades que aún negocian, la visión remota, la proyección astral. El ritual astral no fuerza: dialoga. Y todo diálogo implica riesgo, porque implica respuesta.
Más arriba, en el plano causal, la magia deja de ser gesto y se vuelve alineación. Este es el dominio de la magia astral avanzada, donde no se trabaja con entidades negociables, sino con principios, regencias, asociaciones magnas. Aquí el conjuro no se ejecuta: se configura. Si la configuración es correcta, el efecto desciende con una fuerza que no admite corrección posterior.
Finalmente, en el plano átmico, hablar de conjuro es casi una imprecisión. Aquí no hay operación sostenida, solo contacto fugaz. La alta magia ocurre cuando la voluntad se manifiesta en el instante mismo de su disolución. No se controla, no se repite, no se enseña. Se toca y se pierde. Todo lo que desciende de ese contacto transforma, no porque se haya hecho algo, sino porque algo dejó de ser.
Esta visión integra todo el tratado en una sola cosmología operativa. No hay conjuros menores ni mayores, solo operadores que no distinguen el nivel desde el cual trabajan. La verdadera maestría no consiste en acumular técnicas, sino en saber con absoluta claridad qué conjuro se está realizando y en qué plano se está sosteniendo la voluntad. Sin esa claridad, la magia se vuelve ruido. Con ella, incluso el silencio opera.
Más allá del conjuro
Conocer los tipos de conjuro no otorga dominio. Apenas concede orientación. Saber nombrar un acto no equivale a sostenerlo, del mismo modo que conocer el mapa no enseña a caminar en la oscuridad. Este tratado ha fijado los gestos fundamentales, ha trazado fronteras y ha señalado peligros, pero no ha enseñado aún cómo se permanece en cada nivel sin quebrarse. Esa es otra etapa del conocimiento, más exigente y menos indulgente.
Porque después de comprender qué es un conjuro, surge una pregunta más incómoda: desde cuánto puede el mago operar sin ser consumido por la fuerza que moviliza. No todos los conjuros se ejecutan con la misma profundidad, ni todo operador puede sostener el mismo grado de presión metafísica. La diferencia no está en la voluntad, sino en la estructura interna, en la capacidad de permanecer lúcido mientras la realidad se vuelve permeable.
Existen niveles de conjuro, no como escalones de prestigio, sino como umbrales de resistencia. En algunos, la energía responde lentamente y permite corrección. En otros, el error es inmediato e irreversible. A medida que el plano se afina, la tolerancia al desorden desaparece. Allí, una intención mal formulada no fracasa: desgarra. Una identidad mal definida no aprende: se disuelve.
Por eso, el verdadero camino es hacia adentro, por necesidad. Dominar los niveles de conjuro implica aprender a medir la propia sombra, a reconocer el punto exacto donde la gnosis deja de iluminar y comienza a cegar. Implica aceptar que no todo acceso es deseable, y que hay conocimientos que solo se revelan cuando el mago ha aprendido a retirarse.
Lo que vendrá después es tanto una clasificación como una prueba. Hablaremos de lo que se puede hacer y de lo que se puede soportar. De cómo la hechicería se vuelve rito, el rito ritual, el ritual alineación, y la alineación, silencio. Allí donde el conjuro deja de ser un acto y se convierte en una condición del ser en planos de consciencia superiores.




Comments