Tratado de Planos Metafísicos
- Corvidius Ra de Tauraset

- Jan 5
- 16 min read

Hablar de los planos metafísicos no es describir lugares, sino ordenar una caída. No una caída moral, sino una condensación progresiva de la consciencia, desde su estado absoluto hasta su forma más densa y limitada. Los planos no están “arriba” ni “abajo”; coexisten, se interpenetran, se reflejan unos en otros como capas de una misma respiración cósmica. El ser humano no viaja entre ellos: ya existe en todos, aunque solo recuerde uno.
Cada plano es una forma distinta de relación entre energía, consciencia y límite. En algunos, la consciencia actúa; en otros, negocia; en otros, apenas resiste la disolución. Lo que llamamos magia no es más que el arte de comprender desde qué plano se está operando y con qué reglas invisibles se está interactuando. Confundirlos conduce al error, al desgaste o a la fantasía. Distinguirlos otorga precisión, sobriedad y responsabilidad.
El plano físico enseña el peso y la consecuencia.
Mal llamado bajo astral, el etéreo revela la gnosis y el desdoblamiento.
El astral abre el dominio de la creencia, la invocación y el contrato.
Mal llamado alto astral, el causal impone la ley impersonal de los principios universales.
El átmico disuelve toda identidad en un punto sin forma.
Este recorrido no es una escalera de poder, sino una cartografía del riesgo. Cuanto más alto el plano, menor el margen para el error. Cuanto más sutil la energía, más radical la transformación que exige. No todos los planos son para todos los magos, ni todos los momentos de la vida permiten el mismo acceso.
Plano Físico
El plano físico no es el más bajo de los mundos, sino el más pesado. No porque carezca de espíritu, sino porque aquí el espíritu ha decidido cargarse de peso, de forma, de resistencia. La energía, al descender hasta este nivel, se vuelve lenta, espesa, casi torpe; como la lava que deja de fluir para convertirse en roca, como la luz que acepta convertirse en sombra para poder ser vista. Este es el plano donde la vibración se condensa hasta adquirir nombre, borde y desgaste.
Aquí habitamos. Pero habitar no significa comprender. Caminamos sobre la materia como quien pisa un suelo antiguo sin saber que bajo cada paso duerme una historia comprimida durante eras. El tiempo aquí avanza en línea recta porque la densidad no permite otra cosa. La causa y el efecto se miran desde lejos, separados por días, años o vidas enteras, y esa distancia engaña a la consciencia haciéndole creer que sus actos no regresan. Pero todo retorna. Solo lo hace despacio, como regresan las mareas profundas.
En este plano, la consciencia universal del Átomos encarna sin descanso. Se fragmenta, se disfraza, se multiplica. Se hace músculo, hoja, hueso, hierro, saliva, polvo. Cada ser vivo es una tentativa distinta de mirarse a sí misma; cada piedra, una idea que decidió permanecer inmóvil; cada cuerpo, un juramento temporal. Nada aquí es casual. Todo es una forma extrema de experiencia.
Por eso este es el reino de la hechicería. No de la magia que huye, sino de la magia que se queda. Aquí no se invoca escapando del mundo, sino hundiendo las manos en él. La tierra no es símbolo: es memoria compacta. El agua no representa emoción: es emoción contenida en movimiento. El aire no alude al pensamiento: lo transporta. El fuego no sugiere transformación: la impone. Cada elemento porta una carga real, palpable, heredada de siglos de uso, temor, devoción y sangre.
Las hierbas recuerdan el sol que las formó y la luna que las maduró. Los metales conservan el pulso de los planetas que los gobiernan, como si el cielo hubiera aceptado endurecerse. Las piedras son tiempo dormido; años apilados hasta volverse silencio. Cuando el mago las toca, no las despierta: se expone a su lentitud, a su paciencia inhumana.
Aquí operan los egrégores más densos. No flotan como ideas; caminan como estructuras. Se adhieren a templos, banderas, palabras repetidas hasta el cansancio. Viven en los gestos heredados, en los rituales que ya nadie cuestiona. Son memorias colectivas que aprendieron a respirar a través de la materia. Trabajar en el plano físico es dialogar con esos cuerpos invisibles que pesan tanto como edificios.
La gran lección de este plano es el costo. Todo aquí exige algo a cambio. Cada acto deja marca. Cada objeto recuerda. No hay gesto neutro cuando se ejecuta con intención. La materia no perdona la negligencia, pero recompensa la constancia. Lo que se hace una vez se desvanece; lo que se repite se graba. La magia aquí no es instantánea: es acumulativa, como el óxido o la fe.
Por eso este plano es el de la responsabilidad. Aquí no basta con saber. Aquí hay que sostener. No basta con desear. Aquí hay que insistir. El plano físico enseña que el espíritu, cuando decide hacerse forma, debe aceptar el peso de sus decisiones. Nada se eleva sin antes haberse fijado.
Este mundo no es una prisión. Es un umbral endurecido. El lugar donde la consciencia se prueba bajo leyes implacables para descubrir si es capaz de encarnar lo que afirma ser. Todo trabajo verdadero, en cualquier otro plano, termina aquí. Si no deja huella en la materia, no fue obra: fue sueño.
Plano Etéreo
El plano etéreo no se pisa: se atraviesa. No se habita con el cuerpo, sino con la fisura que se abre cuando la consciencia afloja su agarre sobre la carne. Es el plano donde la materia ya no manda, pero aún deja sombra; donde la forma comienza a disolverse sin desaparecer del todo. Si el mundo físico es piedra, el etéreo es niebla cargada de memoria.
Este es el plano de la gnosis. No del conocimiento aprendido, sino del conocimiento recordado. Aquí no se razona: se reconoce. La mente, cansada de sostener fronteras, se pliega sobre sí misma y permite el desdoblamiento. El yo se afina, se vuelve poroso, y descubre que puede mirar desde fuera sin abandonar del todo su ancla corporal. El cuerpo duerme, pero la consciencia vela de otra manera.
Por eso este es el plano onírico. Los sueños no son fantasía: son incursiones mal recordadas. Son recorridos torpes por un territorio real, poblado de símbolos que no buscan ser entendidos, sino sentidos. En el etéreo, la imagen es lenguaje y la emoción es coordenada. No se avanza por distancia, sino por resonancia.
Aquí existen las energías creadas. Pensamientos repetidos hasta adquirir volumen. Mitos que nunca murieron del todo. Dioses sincretizados, nombres superpuestos, máscaras heredadas. Todo lo que fue imaginado con suficiente intensidad encuentra aquí un cuerpo sutil. No nacen de la naturaleza, sino de la psique colectiva; no respiran, pero influyen. Son formas que no necesitan verdad para operar, solo atención.
También habita aquí lo que alguna vez estuvo vivo y aún merodea cerca del mundo denso. Ecos de personas, restos emocionales, impresiones adheridas a lugares, objetos o linajes. No son espíritus completos, sino residuos de experiencia que no lograron disolverse. En el plano etéreo, el pasado no está atrás: está alrededor.
Este es el territorio de los ritos. No del gesto mecánico, sino del gesto cargado de gnosis. Un conjuro etéreo no funciona por lo que se dice, sino por el estado desde el cual se dice. La palabra aquí no ordena: abre. El símbolo no representa: convoca. Cuanto más profunda es la gnosis más abajo cae el acto ritual, y más cerca toca la raíz invisible de los acontecimientos.
Cuando un rito se ejecuta desde este plano, no fuerza la realidad física: la predispone. Mueve corrientes que luego descenderán lentamente, como lluvia anunciada por un cambio imperceptible en el aire. Aquí nacen las intuiciones que después se vuelven actos. Aquí se gestan las decisiones antes de que parezcan propias.
Si el plano físico era el plano del vínculo, este es el plano de la gnosis. Allí se ata; aquí se comprende sin palabras. Allí se construye; aquí se revela. El etéreo es el umbral donde el mago aprende que no todo se controla, y que la verdadera operación consiste en alinearse con lo que ya está en movimiento.
Pero este plano no es seguro. La falta de forma clara permite la confusión. Lo inventado puede hacerse pasar por lo eterno. Lo deseado puede disfrazarse de verdad. Sin disciplina, el viajero se pierde en sus propias proyecciones. Por eso la gnosis no es un don gratuito: es una carga que exige discernimiento constante.
Sin el etéreo, el rito es teatro y el símbolo es decoración. Es aquí donde la consciencia aprende a separarse sin romperse, a mirar sin huir, a recordar sin inventar. Y es desde aquí donde se intuye la existencia de un nivel aún más alto, donde las formas ya no son creadas, sino descubiertas.
Plano Astral
El plano astral no se confunde con el sueño ni se deja reducir a la imaginación. Es el territorio donde la creencia adquiere arquitectura y la intención aprende a negociar con inteligencias que no nacieron humanas. Si el plano etéreo era niebla cargada de memoria, el astral es un cielo oscuro atravesado por constelaciones conscientes. Aquí la forma ya no es producto de la mente, sino resultado de pactos invisibles que sostienen la realidad desde detrás del velo.
Este es el plano de la creencia, pero no de la creencia ingenua. Es la creencia como fuerza estructurante, como contrato silencioso entre la consciencia humana y entidades que existen independientemente de ella. Aquí habitan las deidades descubiertas, no inventadas; presencias que no surgieron de la psique colectiva, aunque aprendieron a interactuar con ella. No vivieron la consciencia como nosotros, pero la comprenden. No sienten como sentimos, pero reconocen el lenguaje del deseo, del límite y del intercambio.
En el plano astral, las deidades no poseen. No invaden. No toman. Aquí solo responden. La posesión pertenece a planos más bajos, donde la forma es inestable y la identidad se diluye. En el astral, la identidad es nítida, incluso cuando es inhumana. Por eso este es el plano de la invocación y no de la ocupación. La deidad se presenta, pero no cruza sin permiso. Se manifiesta, pero no se impone. Todo encuentro aquí es bilateral.
Este es el reino de los contratos. No siempre escritos, nunca simples. Cada invocación auténtica implica un acuerdo, aunque el mago no siempre sea consciente de sus términos. La intención formula la llamada, los actos físicos anclan el gesto, la gnosis abre la vía; pero es en el plano astral donde la respuesta decide si habrá diálogo o silencio. Aquí no basta con repetir nombres. Aquí se exige coherencia interna.
El ritual, cuando aspira a este plano, deja de ser preparación y se convierte en llave. Cada elemento físico es una coordenada. Cada palabra, una señal. Cada estado de consciencia, una frecuencia. El astral no se fuerza: se sintoniza. Y cuando la sintonía es correcta, la visión se abre como un horizonte que no estaba allí un instante antes.
Por eso este es el plano de la visión remota y de la proyección astral. No como espectáculo, sino como desplazamiento real de la percepción. El cuerpo queda atrás no porque sea negado, sino porque deja de ser necesario. La consciencia se estira, se adelgaza, aprende a moverse sin arrastrar la carne. Aquí se ve sin ojos y se oye sin aire. Aquí el espacio no separa y el tiempo no ordena: ambos obedecen a la relación establecida.
Las deidades astrales pueden proyectarse porque no dependen de un punto fijo. Pueden aparecer, retirarse, observar, enseñar, negociar. No son absolutos; aún operan dentro de estructuras, jerarquías y límites. Precisamente por eso pueden ser contactadas. Lo absoluto no responde. Lo que responde aún participa del devenir.
Pero este plano tampoco es seguro. La creencia aquí no es refugio, es arma de doble filo. Creer sin discernimiento abre puertas que no siempre conducen a sabiduría. Cada contrato mal entendido se paga con desgaste, obsesión o pérdida de rumbo. El astral no castiga: cobra. Y cobra con precisión quirúrgica.
Aquí el mago aprende que no está solo en el universo, pero tampoco está en posición de mando. Aprende a hablar con aquello que no comparte su biografía, su moral ni su forma de existir. Aprende a sostener la mirada sin someterse ni desafiar en vano.
Plano Causal
El plano causal no se atraviesa: se roza. No se entra en él sin perder algo que antes parecía indispensable. Aquí no hay paisajes ni recorridos, porque no hay distancia que recorrer. Este plano no sostiene formas; sostiene principios. Es el nivel donde la realidad no ocurre, sino que se decide.
Si el astral era el dominio del diálogo, el causal es el dominio de la ley. No de la ley moral, ni de la ley humana, sino de la ley cósmica que antecede a toda consciencia individual. Aquí no existen nombres en el sentido ordinario. Existen asociaciones magnas: alineaciones planetarias que no describen cuerpos celestes, sino tensiones arquetípicas; direcciones cardinales que no indican orientación, sino flujo; elementos que ya no son sustancia, sino función; virtudes que no son ética, sino vectores de estabilidad universal.
Este es el plano de los daemonurgoi, de los arcángeles, de ciertas deidades acausales y de las presencias primigenias que preceden a los dioses antropomorfos. Algunas de las deidades griegas más antiguas pertenecen a este estrato, no como personajes, sino como condiciones del existir. No caminan, no hablan, no observan como observamos. Operan. Su presencia no se percibe como encuentro, sino como reajuste violento del orden interno del mago.
Aquí las entidades no comprenden la consciencia, porque no la necesitan. No negocian, porque no carecen de nada. No establecen contratos, porque no hay términos que equilibrar. Su mera atención es suficiente para canalizar fuerzas que atraviesan mundos, para desatar procesos irreversibles, para destruir estructuras que tardaron vidas en construirse. No castigan ni bendicen. Ejercen.
Por eso este plano no es de invocación directa. Nadie llama aquí por nombre propio. El acceso solo ocurre mediante configuración. El mago no se presenta; se alinea. Planetas, horas, direcciones, símbolos, actos, estados de consciencia y silencios se organizan como un diagrama vivo. Cuando la correspondencia es perfecta, el plano causal no responde: se manifiesta por coherencia.
Los conjuros que buscan este plano no nacen en la materia ni se sostienen en el etéreo. Se gestan en proyecciones astrales profundas, cuando la consciencia ya aprendió a desprenderse del deseo de control. Desde allí, el acto mágico no asciende: se afina. Y si la afinación es exacta, el impacto desciende como una presión inmensa, imposible de detener una vez activada.
Este es el plano del riesgo absoluto. No porque sea maligno, sino porque es indiferente. El error aquí no se corrige: se paga. No hay pedagogía, no hay advertencia. El mago que accede sin comprender se quiebra, no por castigo, sino por incompatibilidad. El causal no se adapta al operador; el operador debe haberse vuelto compatible con él.
Sin embargo, todo lo que existe en planos inferiores depende de este nivel. El causal es la raíz que nunca se ve y sin la cual nada crece. Es el punto donde la energía aún no ha decidido convertirse en experiencia. Allí donde lo posible se separa de lo imposible antes de que exista un testigo.
Plano Átmico
El plano átmico no es un lugar. Es el final de toda idea de lugar. No se atraviesa, no se explora, no se habita. Apenas se toca, y solo por un instante que no puede medirse. Todo intento de permanecer allí equivale a la aniquilación de aquello que pretendía permanecer. Este plano no admite testigos prolongados. Solo admite disoluciones.
Aquí no hay formas, ni entidades, ni jerarquías. Todo eso ya quedó atrás. El plano átmico es el dominio de la alta magia no porque otorgue poder, sino porque retira toda identidad. Es el nivel donde la consciencia deja de observar y se vuelve indistinguible de aquello que observa. No hay diálogo posible, porque no hay dos. No hay voluntad operante, porque no hay oposición que vencer.
Este es el plano del gran reciclaje. No de cuerpos, ni de almas en el sentido narrativo, sino de consciencias. Todo lo que alguna vez fue “yo”, “tú”, “esto” o “aquello”, llega aquí para ser descompuesto hasta su unidad mínima. No hay juicio. No hay memoria. Solo reintegración. Lo vivido no se conserva como historia, sino como potencial.
En el plano átmico existe una sola partícula. No una partícula material, sino un punto absoluto de consciencia. Un nudo ciego. Un centro sin periferia. Esa única presencia no se mueve ni decide; se proyecta. Y al proyectarse, genera dimensiones inferiores como reflejos parciales de sí misma. De esas proyecciones nacen el todo y la nada, los universos y sus leyes, lo posible y lo imposible, la vida y su negación.
Si el plano físico es la extensión de la materia en tres dimensiones, el etéreo es la expansión del tiempo en sus tres direcciones; si el astral despliega las tres dimensiones de universos paralelos y el causal contiene las tres dimensiones de los multiversos posibles e imposibles, el plano átmico no se expande en absoluto. Es un punto. Un origen sin tamaño. Un colapso permanente.
Por eso no se accede a él mediante rituales, ni contratos, ni alineaciones. Solo se llega cuando todo lo demás ha sido abandonado. Cuando el mago ya no busca resultados. Cuando la identidad se ha vuelto prescindible. El acceso ocurre como un apagón total del yo, seguido de una claridad insoportable. No hay visiones. No hay mensajes. Solo una certeza muda de unidad absoluta.
Tocar este plano transforma sin enseñar. Nada puede traerse de regreso como conocimiento articulable. Quien regresa, si regresa, lo hace distinto, no porque haya aprendido algo, sino porque algo dejó de ser necesario. La ambición se afloja. El miedo pierde filo. El sentido de separación se vuelve artificial.
El plano átmico no es una meta. Es un origen que no recuerda haber sido. Todo trabajo mágico auténtico, llevado a su extremo, termina aquí, no como culminación gloriosa, sino como rendición final. Aquí el mago no ejecuta. Aquí el mago desaparece.
Y sin embargo, desde este punto sin dimensión, todo vuelve a comenzar. La partícula se proyecta. El tiempo se pliega. La energía se condensa. La consciencia cae otra vez en la materia, olvidando su fuente para poder experimentarse de nuevo.
¿Hay relación con la física cuántica?

Es una pregunta a la que me he afrontado varias veces, y es cada vez más común entre mis adeptos. Aquí intento delinear sus convergencias y divergencias con esta corriente de pensamiento. Esta cartografía de la consciencia no debe entenderse como un misticismo ajeno al rigor de la materia, sino como el estudio de la transición donde la mecánica de lo infinitamente pequeño se rinde ante la tiranía de la física clásica. Lo que el ocultista denomina "planos", el físico teórico comienza a identificar como los diversos estados de coherencia de un sistema de información cuántica. En su origen, la realidad existe como una superposición infinita de posibilidades en un estado de entrelazamiento total; sin embargo, al producirse la "caída" o condensación hacia la densidad, ocurre el fenómeno de la decoherencia cuántica. Este proceso es la pérdida de la libertad ondulatoria de la consciencia: al interactuar con el entorno y ganar "peso", la función de onda se colapsa, obligando a la realidad a elegir un solo estado entre los infinitos posibles.
Bajo esta luz, el plano físico no es una entidad separada, sino el remanente de una gran pérdida de información y fluidez; es el estado de mayor entropía y fijeza, donde las cuerdas fundamentales que sostienen el tejido del universo han alcanzado su frecuencia de vibración más baja y sostenida. Esta "nota grave" de la creación es lo que percibimos como masa y resistencia. No es que la materia carezca de espíritu, es que es espíritu cuya energía cinética se ha transformado en energía potencial acumulada, una inercia tan vasta que permite la ilusión del tiempo lineal y la solidez del espacio.
Aquí, la fijeza del mundo que pisamos es el resultado de un colapso continuo y masivo de la función de onda, provocado por la interacción constante entre partículas que ya no pueden "recordar" su estado de unidad. Cada átomo es, por tanto, una decisión tomada por la consciencia que ha aceptado el límite para poder experimentar la consecuencia. La gravedad, en este esquema, no es solo una fuerza de atracción entre masas, sino la manifestación física de esa "caída" o tensión hacia el centro, el peso de una consciencia que ha decidido cargarse de forma y nombre, alejándose de la ligereza de los planos sutiles donde la incertidumbre es todavía una forma de libertad.
Teoría M
La ciencia contemporánea, a través de la Teoría M, postula que nuestro universo de tres dimensiones espaciales es apenas la superficie de una estructura mucho más compleja y profunda, donde hasta once dimensiones se entrelazan en geometrías invisibles. Estas dimensiones adicionales no se encuentran en un lugar remoto del cosmos, sino que están "compactificadas" o enrolladas en cada punto infinitesimal del espacio que habitamos, formando lo que la física denomina variedades de Calabi-Yau. Estos espacios no son meras abstracciones matemáticas; son los pliegues mismos del plano causal, la arquitectura invisible cuyas tensiones geométricas dictan las leyes de la física, la masa de las partículas y las constantes universales. Operar en este nivel no es violar la naturaleza, sino comprender la topología interna que la sostiene, donde la geometría no es espacio, sino ley pura y condición de posibilidad para que el evento exista.
Cuando la consciencia se desplaza hacia los estratos del etéreo o el astral, lo que ocurre es una transición hacia la no-localidad. En la mecánica cuántica, el entrelazamiento demuestra que dos partículas pueden estar íntimamente conectadas de tal forma que un cambio en una afecta instantáneamente a la otra, sin importar la distancia que las separe. Este fenómeno sugiere que, en una dimensión más sutil, el espacio-tiempo es poroso y que la información no requiere de mensajeros para transmitirse. Aquí, el practicante no "viaja" en el sentido físico, sino que sintoniza su frecuencia con ese estado de entrelazamiento total donde la separación es una ilusión óptica de la densidad. En este entorno, la consciencia recupera su función como el observador fundamental: aquel que, mediante la intención sostenida, es capaz de influir en el sistema y provocar el colapso de la función de onda.
Bajo esta perspectiva, el rito se transforma en un experimento de precisión cuántica. El mago no actúa sobre los objetos, sino sobre el campo de probabilidades que los antecede. Al alinearse con las frecuencias del plano astral, el operador introduce una variable de información en el sistema antes de que este se densifique. No es un acto de fantasía, sino el uso de la voluntad para sesgar la estadística del universo; es la manipulación consciente de la superposición de estados donde el resultado deseado todavía es posible. Así, lo que el misticismo llama "milagro" o "pacto", la física lo reconoce como el efecto de un observador que ha aprendido a interactuar con la matriz de información no-local antes de que la decoherencia la fije irrevocablemente en la historia de la materia.
Principio Holográfico
Desde la perspectiva del Principio Holográfico, el plano átmico y los estratos superiores del causal dejan de ser abstracciones para convertirse en la "frontera" de información pura que define el volumen de nuestra existencia. Esta teoría postula que toda la complejidad de nuestro universo tridimensional es, en realidad, una proyección de datos codificados en una superficie bidimensional distante; bajo esta luz, el plano átmico representa esa superficie liminal, el horizonte de sucesos absoluto donde la información no posee extensión, ni tiempo, ni masa, sino solo potencialidad pura. Lo que el místico experimenta como la disolución de la identidad es, en términos de física de la información, el retorno a una singularidad: un punto de densidad infinita donde las coordenadas de espacio y tiempo se colapsan, y donde la distinción entre el observador y lo observado deja de tener sentido matemático.
En este punto de origen sin tamaño, el universo opera bajo una lógica de unidad absoluta que la ciencia asocia con el estado inicial del Big Bang o el corazón de un agujero negro. Aquí se lleva a cabo lo que el artículo denomina el "gran reciclaje": un proceso de procesamiento de información donde toda consciencia individual, entendida como un conjunto de datos y experiencias, se descompone hasta sus bits fundamentales para ser reintegrada en la matriz unitaria. No se trata de una destrucción, sino de una preservación unitaria; según las leyes de la termodinámica y la paradoja de la información de Hawking, la información nunca se pierde, solo se transforma. El plano átmico es, por tanto, el procesador central del cosmos, el nodo ciego que recibe el eco de lo vivido en los planos inferiores y lo proyecta de nuevo, limpio de nombre y forma, hacia un nuevo ciclo de manifestación.
El descenso de la consciencia es, en última instancia, un flujo de datos que se desplaza desde esta singularidad hacia la periferia, ganando complejidad y entropía a medida que atraviesa los campos causales y astrales hasta enfriarse en la materia. Al tocar el plano átmico, el mago no accede a un lugar, sino que se asoma al vacío cuántico primordial, el estado de energía de punto cero desde el cual todo lo que existe es constantemente "excitado" para aparecer en la realidad. Misticismo y física convergen así en la comprensión de que la separación es una función de la distancia informativa: en el origen, solo hay un punto; en la proyección, hay mundos. La caída y el retorno no son más que el pulso de una misma partícula de consciencia que, al proyectarse sobre el horizonte de lo posible, genera la ilusión de la multiplicidad para poder, por fin, reconocerse a sí misma en el espejo de la densidad.




Comments